La pulsera de la suerte

Vaya por delante que creo en el destino y esas cosas… o al menos en las cosas del destino. El pasado viernes 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, salí a cenar con un grupo de mujeres a un restaurante mexicano. Ya sé que nachos con margaritas no es el mejor homenaje que podíamos hacer a esas abnegadas mujeres que murieron quemadas en una fábrica para pedir el derecho al voto hace cien años, pero el calendario social no suele tener estos pequeños detalles en cuenta…

El caso es que a las tres de la madrugada, convencida de que ya no tengo edad para según qué cosas, cogí un taxi para volver a casa. Era un trayecto corto, pero mis rodillas insistían una y otra vez en delatar mi edad biológica, así que opté por que me dejaran en la misma puerta de mi casa. Conducía una mujer, más o menos de mi edad (aunque seguro que sus rodillas no se quejaban tanto por el bailoteo previo) y enseguida hablamos. Del tiempo (llovizna fina en fin de semana, con las ganas  que tenemos todas de sol), la crisis (que si miras las calles un viernes o un sábado no la acabas de entender, con las masas asaltando bares y restaurantes), y naturalmente el Día de la Mujer Trabajadora. Confesé que mi particular homenaje a las sufraguistas no era el más adecuado para esa efemérides y hablamos de lo duro que resulta esta época que nos ha tocado vivir.

Hasta aquí, lo reconozco, conversación de ascensor. Nada por lo que poner micrófonos en las flores y denunciarse en los juzgados. Cuando pagué, la mujer se giró y me dió una pulsera de lana, trenzada a mano. “Es la pulsera de la mujer trabajadora que hoy regalamos, para que nos dé suerte en el trabajo y nos dé salud“, me dijo. Lila, blanco, rojo, verde lima y un hilillo dorado. Esos son los colores de la pulsera que enseguida me puse en la muñeca (los colores los vi al día siguiente, claro, que una no es Superman –ni Superwoman, por más que se empeñen– y no tiene visión nocturna).

Eso fue un viernes. Y tras cuatro años muy duros de trabajo, mil quinientos días de presentar proyectos y verlos paralizados por falta de presupuesto, tras todo ese desierto, la semana siguiente de repente se empezó a desbloquear. Un cliente me aseguraba trabajo para todo el año, otro me pedía presupuesto, un tercero se enamoró de uno de los libros de Atelier Mujer (ya os dije la última vez que eran una monada…). El caso es que los brotes verdes aparecieron, esta vez sí, justo después de llevar la pulserita de la taxista… Ante mi entusiasmo por los poderes mágicos de la lana de colores, familia y allegados se apresuraron a decirme que tal vez fuera mi trabajo lo que hacía salir esos encargos largamente anhelados, que la magia estaba para salir de madrugada en la tele con un señor de melena larga y negra que no acierta ni una. Pero yo creo que aquella mujer, en la intimidad que dan dos metros cuatrados de taxi de madrugada, era una hada buena que quiso que terminara una mala época.

Ya sé que no es racional, ni siquiera probable, pero no me negareis que creer en hadas buenas que reparten pulseras de la suerte el día de la mujer trabajadora no es mucho más bonito que atender a los telediarios y a sus explicaciones farragosas de jardinería económica para explicar los famosos brotes verdes… Yo, por lo pronto, miro con infinito cariño esta cuerda trenzada multicolor en mi muñeca y pienso que, por fin, la primavera sí ha llegado. ¡Feliz cambio de estación a todas!

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Excusas

Dicen que quien mucho abarca, poco aprieta. Y aquí está mi blog, tan suelto como querría que estuvieran mis pantalones. Cuando empecé a escribir el blog, confiaba en poder contaros cosas prácticamente a diario… Vamos, como cuando te apuntas al gimnasio y te compras las mallas nuevas, todo buenas intenciones. Pero tengo excusa (para el gimnasio también tengo un montón, un día os las cuento todas): Atelier Mujer está creciendo. Esta misma semana ha cumplido cien semanas de versión digital y una, que aprendió que los números redondos quedan de lo más monos en una portada, se empeñó en celebrarlo con un número especial de 100 páginas. ¡Temo llegar al número 500! 😉

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El caso es que llegar al centenario (y con tan buena cara que tiene la chica, oye, me encanta) tiene su miga. Las que me conoceis de hace tiempo sabeis que soy tozuda como pocas y las que no, podríais preguntarle a mi queridísimo o a mis sufridos hijos. Mejor no, que hay amistades que se pierden por mucho menos, tendreis que confiar en mi autocrítica. Y que cuando me gusta algo no sé ponerle límites. Y mi trabajo me gusta. No, no me gusta. Me apasiona. Así que la subida hormonal que otras encuentran en el chocolate o el shopping, una lo vive dándole a la tecla y comprando fotos. Y con una sonrisa de oreja a oreja, oye, nada de quejas, pese a que mi espalda hace lo imposible para que me dé cuenta de que vivir sentada sobre su honorable final no hará más que agrandarlo y me recuerda que en el gimnasio tienen una foto mía en una taquilla para no olvidarme del todo…

Sé que estamos en momentos malos, que el desconcierto y muchas veces la desesperanza campan a sus anchas, pero me niego a vivir bajo la dictadura del pesimismo. ¡Hay tantas cosas bonitas que contar! ¡Tantas imágenes para inspirarnos! Nada, me dije (porque eso sí, mantengo unas conversaciones conmigo misma que ni subida al escenario para interpretar Cinco horas con Mario), a darle la vuelta a esto a ver si logras hacer que funcione. Y como ya tenía plantado el árbol (un limonero precioso, amigo inseparable de nuestros gintonics) y he tenido dos hijos (casi tan altos como el limonero), me quedaba lo de escribir un libro. ¿Uno? No, mujer, si ya estás puesta, ¿por qué no hacer un catálogo completo? Y en estos meses en que os habeis topado con el blog lleno de telarañas, aquí la tozuda ha preparado cincuenta libros bajo el sello Atelier Mujer. ¿Veis ahora por qué no empiezo con el chocolate? 😉

Un libro de gatitos a cuál más enternecedor, otro de perritos (con la consiguiente vara de mis vástagos por entrar uno en casa, como si cupiera un alma viviente más en este camarote de los hermanos Marx), uno para decorar la casa en Navidad, otro para cocinar con niños, varios con ideas para renovar la casa sin arruinarse llamando al gremio del yeso y las tuberías… Y no es amor de madre (o de abuela, porque digo yo que los libros son hijos de mi niña, de la revista), pero están preciosos. ¿No os lo creeis? Poca credibilidad tengo… Hala, cual abuela orgullosa voy y despliego mi cartera con la ristra de fotos. ¡Ahí van!

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Perdonad la espera, pero he ido a buscar un kleenex… ¡Se me cae la baba al verlos! ¿A vosotras no? (ahora viene de nuevo la pasión de la abuela para que le digan que sus nietos son los más guapos del mundo). Ya sabeis que en Mexico han editado los primeros libros de Atelier Mujer, y ahora estamos trabajando mi agente literaria y yo (sí, chicas, ¡agente literaria! si cuando una se pone…) para que pronto os los podais llevar a casa.

Esa es mi excusa para haber desaparecido tantos meses de este rinconcito nuestro. Y de nuevo prometo no pasar tanto tiempo sin contaros cosas… ¡si os echaba un montón de menos! Ahora voy a intentar convencer a las del gimnasio (a ellas no las echo tanto de menos, lo siento) de que mis posaderas son recuperables tras aún más tiempo de no visitarlas… ¡Deseadme suerte!

 

La última de Woody Allen

Woody Allen acaba de estrenar película, esta vez rodada en las calles de Roma. Tuve la suerte de asistir al pase de preestreno y de dar la nota en algunos momentos con mi sonora risa (que algunos con mala leche llaman carcajada ostentosa), aunque supe aguantar como una jabata, porque no es plan de soltarse la melena así como así. ¡Y eso que la primera escena, con el caótico tráfico romano y un guardia urbano liándola parda era difícil de resistir! Pero lo logré, y de mis labios nació una leve sonrisa que logró acallar sonidos más intensos. Pero salió Woody Allen en plan neurótico, sufriendo lo indecible al aterrizar su avión, lamentándose de ser ateo y de justificar que nunca podría ser comunista porque se siente incapaz de compartir el baño, y ya no pude aguantar más. No lo puedo evitar, Allen haciendo de él mismo puede conmigo…

A partir de ahí, la peli está llena de tópicos que, precisamente por reconocibles, son universales. El italiano con camiseta imperio y pantalones de dudoso planchado saliendo al balcón, la turista norteamericana que pregunta a un guapo romano dónde está la Fontana de Trevi y ¡zas! nace el flechazo, la pareja de pueblerinos bajando del tren (él con la camisa abrochada a lo Forrest Gump, ella con el vestidito de los domingos y la cartera abrazada enel pecho como si llevara su peso en joyas)… Uno tras otro, decenas de tópicos van desfilando mientras la música italiana de los 50 pone el hilo musical, Penélope Cruz con vestido rojo putón verbenero incluido. El seductor actor italiano con barriga cervecera, el arquitecto maduro que vivió en el Trastevere una alocada juventud y quiere recordarla, la mamma napolitana que ¡sorpresa! es la única que no habla inglés en la cosmopolita Roma… Un sociólogo tendría trabajo con la peli, ¡pero un psiquiatra se pondría las botas! Y lo de Roberto Begnini haciendo de señor normal y corriente que de pronto se convierte en el personaje más famoso de Italia, no tiene precio. A lo mejor Woody Allen ha querido explicarle al sociólogo las razones por las que cualquier opinión de Belén Esteban merece debate en este país…

Pincha aquí para ver el trailer de la película.

La película está bien, si quereis mi opinión. A ratos parece un vodevil, con los personajes entrando y saliendo y liándose unos con otros, pero está bien. Es de aquellas pelis que te reconcilian con los domingos y te hacen olvidar por un rato que a la mañana siguiente más de lo mismo. Pero no enamora. No seduce. No te deja embobada en la pantalla como sí me ha pasado con otras película suyas. Sin ir más lejos, “Midnight in Paris”. ¡Qué delicia de película por favor! Magia pura, de principio a fin, que me dislocó la mandíbula no por las risas fáciles, sino por el asombro. ¡Si me pasé la película entera conteniendo la respiración y poniendo cara de niña el día de Reyes al ver los regalos! Si no la habeis visto, os la recomiendo de verdad, porque ésa sí que no tiene tópicos. Es puro hechizo. O será que a mí París me enamora…

Pasión por los detalles

Creo que ya lo he reconocido públicamente en más de una ocasión: soy Libra. No es que nacer a finales de septiembre te haga tener un ADN distinto, imagino, pero algo debe marcar. ¿No dicen que a las Libra nos encanta rodearnos de belleza? Pues a mí me pierde rodearme de cosas bellas, de tonos elegantes y texturas delicadas. No lo puedo evitar. Tanto daba cuando mis hijos eran pequeños y los churretones de chocolate amenazaban con estampar alegremente las paredes del pasillo. Yo, erre que erre con mis cojines de seda en el sofá, que si los pobre hubieran tenido voz, se hubieran desgañitado pidiendo clemencia ante el ataque de los dos angelitos. Siempre he creido que el entorno nos ayuda a sentirnos mejor, que tener al lado un precioso ramo de flores puede alegrar el día y que sentarse a comer con un camino de mesa de lino es un lujo de lo más agradable. Aunque sea para zamparse un par de huevos fritos.

Y aunque me encantaría poder llenar mi casa con jarrones espléndidos de flores de tallo larguísimo, cosa que no puedo hacer porque en casa ya no cabemos y porque me pasaría el día avisando que no se puede pasar corriendo ante un jarrón tan delicado, lo cual no es plan, pues me espero a tener más metros (o menos gente en casa, que también valdría) y me conformo con preciosos bouquets, mucho más pequeños y resistentes al trote diario. ¡E igualmente capaces de alegrarme el día al verlas! Me encanta ponerlas en una pecera, en una copa de cava desparejada o en un pequeño jarrón, que alguno también tengo.

Dicen en casa que tengo obsesión por los cojines… y es verdad. Me chifla ver el sofá con los cojines en su sitio, jugando con los colores y las telas, que da gusto verlo. Dos minutos. Eso es lo que me duran los cojines en su sitio, porque al no vivir en un museo grandes y pequeños se tumban en tan apetecible sofá y no deben ser tan amantes de los mullidos cojines como yo, porque al cabo de dos minutos acaban en el suelo. Tanto da que ponga menos cojines, o que sean más pequeños y supuestamente mejores para coger una buena postura… ¡siempre acaban en el suelo! Así que reservo los más delicados para mi cama, donde nadie osa tumbarse bajo pena de soportar mis improperios. Y es que necesito tener un pequeño reducto en casa donde las cosas se queden en su sitio cuando yo me dé la vuelta. Y el único lugar en el que he conseguido tamaña proeza es mi habitación (bueno, mía y de mi queridísimo, pero él ya supo desde la primera cita de mis manías Libra, así que no se queja ¡y hasta pone bien los cojines!). Lo dicho, pasión por los detalles.

 

 

Un desfile con verbena

La moda tiene mucho de espectáculo. Bueno, y de fantasía y de ilusión. ¡Cómo si no íbamos a poder contemplar a esos cuerpazos de modelos sin ir a buscar el paquete de kleenex para dar rienda suelta al llanto! Que no, que no. Que la moda es un mundo de sueños que nos gusta ver sabiendo que es una ficción, como la talla 38, que a mí me siguen diciendo que existe, pero yo, como los billetes de 500. ¡Desaparecidos en combate!

Ayer me fui, con mi talla 42 (44 si el fabricante es un desalmado con acciones en la venta de Prozac) y dos amigas a ver el desfile de Desigual en la Pasarela 080. El marco era incomparable: el Palacio Real de Pedralbes. Una maravilla de edificio en plena Diagonal de Barcelona con unos jardines de ensueño, que visitaba los domingos por la mañana de niña con mi padre. Cuarenta años después, el recinto sigue igual de encantador, aunque no recuerdo que me molestaran tanto las piedrecitas en los zapatos. ¡A ver quién me mandaba ponerme sandalias y tacón! Pero el acceso de la pasarela de moda barcelonesa valía la pena. Unas maniquís en el sendero central, rodeadas de verde, iban dando la bienvenida. Bueno, ellas no, que estaban quietecitas con su talla 38 ahí enmedio…

Quienes nos dieron la bienvenida fueron unas azafatas vestidas con pelucas blancas y corpiños, como si acabaran de salir de la peli Amadeus, cargadas de botellines de cava bien fresquitos y cucuruchos de palomitas, mi combinación favorita para las noches de verano. ¡Mejor no podíamos empezar! Porque yo ya me había sacado la dichosa piedrecita…

Botellín de cava en mano (que será botellón, pero siendo cava y en un palacio, pues tan finas estábamos todas), dio inicio el desfile. Primero, el de los niños, monísimos todos con sus coloristas prendas y su afán de disimular los nervios. Luego, los mayores. De edad, claro, porque lo que vimos eran tallas 36 por lo menos… Era toda una proeza imaginar aquellos abriguitos cortos de verano –realmente preciosos, la verdad– en una talla que me permitiera meter algo más que medio brazo… Me gustaron los colores y los estampados, muy llevaderos, aunque a juzgar por las reacciones de la asistencia femenina, eran los modelos los que corrían el riesgo de que se los llevaran. ¡Silbidos de admiración recogía Jon Kortajarena a su paso!

Vimos anochecer mientras pantalones ceñidos, camisetas estampadas y vestidos cortos desfilaban ante nuestros ojos, además de un espléndido carruaje tirado por caballos que trajo más propuestas con más tallas 38, las de las modelos que bajaron como princesas con sus sandalias. ¡No me acordé yo de mi piedrecita en el zapato cuando las veía andar por la arena! Impasibles, como buenas profesionales, desfilaban sin inmutarse, mientras yo recordaba mis poses de contorsionista hasta que no logré zafarme de ella…

Tras el desfile, la verbena popular. Carritos de algodón de azúcar, perritos calientes y cócteles creados por Javier de las Muelas para la ocasión, rodearon el espacio verbenero. Y puestos de chocolate con churros, que mira que puede hacer calor, pero ahí que vamos todas en cuanto los vemos. Hala, a sumar calorías para ver más lejos la mítica 36… pero lo que estaba cerca valía la pena. Entre los famosos, Manu Tenorio, de lo más amable, que se prestó a hacerse una foto con mis amigas que mi iPhone se encargó de sacar con mala luz (o eso, o era el empeño que tenía yo en sacar la dichosa foto a contraluz, con la gente pasando y la sonrisa de Manu siempre puesta, desde aquí, ¡gracias!).

Y como a mí me pierden los detalles, os dejo con uno de decoración floral que me parece precioso, los ramos rodeando el estanque central, regalando su color a una noche que, con los diseños de Desigual, ya venía servida de explosión cromática.

Eso sí, de bajada busqué caminos con menos piedrecitas… Ya vi que no era lo mío aguantar la compostura como una modelo andando por caminos de arena. ¡Si es que no toda la culpa es la talla 38!

Las cosas del destino

Digo yo que a alguien deberíamos echarle las culpas cuando algo se tuerce, y como es de muy mala educación andar echando porquería sobre otros, nos inventamos eso del destino. Oye, concepto socorrido donde los haya. ¿Que siempre llegas tarde? El destino, que siempre hace que andes buscando las llaves del coche. ¿Que no tienes suerte con los hombres? El destino, que debe tenerte reservado algo mejor, mezcla de George Clooney, Brad Pitt y Karlos Arguiñano (que sí, que también nos conquistan a través de la cocina y del sentido del humor…). Así que el destino se vuelve guardia urbano de la vida, y parece que se pone en una esquina con su silbato a decirle a las cosas si pueden pasar o no. Porque vamos a ver, si yo pongo en un bol la harina, los huevos, la levadura, el azúcar y todo lo que la receta de mi madre afirma ser necesario para conseguir un estupendo bizcocho, ¿por qué nunca me sale? ¡Por el destino! ¿Cómo va a ser culpa mia no precalentar el horno?

El caso es que el destino anda últimamente algo pachucho… y no sólo por la crisis, que andamos todas buscando respuestas hasta en el cajón de los calcetines desparejados (gran misterio, por cierto, el de la desaparición de los calcetines en la lavadora…). Al destino no sólo le pedimos esperanzadas que nos toque la lotería o que se invente un helado que absorba la grasa y, de paso, la piel de naranja. Al destino es que lo acribillaríamos a preguntas si pudiéramos. ¿Me irá bien en el trabajo? ¿Podré alquilar un piso que me guste por un precio decente? ¿Aprobará el niño los exámenes? ¿Me atrevo a hacer la locura que estoy pensando? Porque ésa es otra, al destino se le pregunta en plan íntimo, como si lo conociéramos de toda la vida, mirando al infinito y esperando que nos oiga sólo con pensar la pregunta, que no repetiríamos en voz alta si no fuera en presencia de un abogado.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha querido hablar con el destino. Ha leido sus señales en el fuego o en las nubes ¡y eso que no había euromillón! Y es que hablar con el guardián del futuro, para que nos eche una mano cuando no sabemos qué hacer, suena bien. No es que vaya a darnos la combinación ganadora ni que se porte como el ratoncito Pérez dejando bajo la almohada lo que pedimos, pero suena bien. Ya sé que lo suyo sería hablar con una amiga que nos ayudara a ver las respuestas, pero a veces la amiga está enfrascada mirando al infinito y haciendo sus preguntas… Si sabes leer los posos del café, enhorabuena, porque te basta con tener una oroley a mano para consultar al destino. Si no, siempre puedes recurrir a las cartas (las del buzón ni se te ocurra, que sólo encontrarás facturas). Hablo del tarot.

La primera vez que me tiraron las cartas fue por pura curiosidad, sentimiento que quedó absolutamente saciado con las respuestas que lanzaron los naipes adivinatorios. No es que me dieran un libro de instrucciones para conseguir lo que quería, pero sí me abrieron los ojos en un par de cosas que luego, lo que son las cosas, supe resolver. Supongo que lo habría hecho igualmente, pero es que a mí los nervios me hinchan la tripa y luego tengo que andar compulsivamente comprando ropa más holgadita. Así que cada vez que algo me preocupa, consulto al tarot. Bueno, para decidir si me pongo el vestido rojo o el blanco no, que dicen que trae mala suerte andar tocando las narices a las artes adivinatorias por tonterías. A lo que vamos, que me pierdo, que una intenta saber más sobre el destino y, como no se deja entrevistar ni por Gabilondo, pues se consultan las cartas y listos.

Si te apetece preguntarle al pobre destino qué hay de lo tuyo, tienes dos caminos. Uno, ponerte en manos de alguien que sepa interpretar las cartas, porque si no a la que te salga la muerte pegarás un brinco en la silla y del yuyu no vas a querer saber nada más. El otro, más sencillito, es tirar las cartas en una tirada online. En Atelier Astro hemos estrenado un gran juego del tarot online para que puedas preguntar lo que te apetezca con la intimidad que da saberte solita. Nadie te escucha, así que puedes preguntarle lo que se te ocurra. Aunque hay algo que debes saber: la combinación ganadora no la suelta. ¡Lo he probado y nada! Debe ser que el destino también quiere asegurarse la jubilación…

¡Nace Atelier Astro!

Casi dieciocho años después de mi último parto, acabo de revivir las contracciones, los pujos y los nervios de dar a luz una nueva criatura. Aunque ésta no vaya a pedirme paga dentro de unos años ¡o eso espero!, es mi nuevo bebé. ¡Hoy, a las 10.58 de la mañana ha nacido Atelier Astro, la nueva revista de astrología de Atelier Mujer! Hace meses que la bruja psicotrónica (estupendo nombre para una mejor astróloga) y yo misma acariciábamos la idea de generar una revista de astrología online, en la línea de Atelier Mujer. Blanca, serena, tranquila, femenina y sin malos rollos. Nada que ver con los consultorios de tarot de las madrugadas televisivas, que cuando tienes insomnio y pones la tele, firmas tu adiós definitivo a conciliar el sueño.

Además de los horóscopos semanales, que ya veníamos publicando desde siempre, hemos añadido un sinfín de contenidos que, ya os aseguro ahora, irán a más. A mucho más. Como el astrotarot del mes, una particular combinación entre astrología y tirada del tarot, que ofrece una predicción mensual para cada uno de los signos. O el delicioso zodiaco infantil, en el que puedes descubrir las razones interplanetarias por las que tu bebé cree que las cuatro de la mañana es un buen momento para demostrar sus dotes de berreo artístico. Y para que puedas saber cómo será de mayor y cómo llevarte bien con tu peque, hemos pedido ayuda a los astros (¡la de cosas que hacemos las madres para entender a esos alienígenas que llegaron a nuestra vida como deliciosas criaturas sonrosadas y que sacan su verdadera identidad conforme van creciendo!). El resultado, una monísima colección de ebooks que puedes conseguir en la web por sólo 1,99 euros. ¿A que son preciosos?

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Tambiñen dejamos espacio para rituales y conjuros, especialmente preparados por nuestra bruja buena para atraer la fortuna a nuestra vida siguiendo tradiciones milenarias que, quién sabe, tal vez nos ayuden a conseguir nuestros objetivos. No seré yo quien ponga en duda la fiabilidad de una preciosa rosa roja como vehículo para atraer el amor a tu vida, cuando cosas más raras hacemos para conocer un hombre interesante entre tanto calamar… Si quieres probar suerte, no dejes de poner en marcha este ritual para atraer el amor. ¡Y no necesitas polvo de unicornio ni ojos de sapo para confeccionar tu pócima milagrosa! Aunque si lo que te preocupa -como a todas- es el dinero, sí, esos papeles de colores con numeritos sin los que no puedes vivir, también los astros, magnánimos ellos, tienen sus trucos para mejorar tu economía. Francamente, como está el patio y lo poco que saben los que se han encargado hasta ahora de nuestras finanzas, yo al menos he decidido probar con el ritual para atraer el dinero y dejar de leer las páginas salmón de los periódicos, a ver si hay más suerte.

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Total, que estamos de celebración. Y como cuesta un poco llegar a cada una de vosotras con la copa de cava para hacer el brindis, hemos pensado en regalaros algo a todas. ¡Y lo mejor es que lo hemos conseguido! Si te suscribes ahora a la revista, que no te va a costar nada porque somos así de altruistas, puedes elegir entre dos regalos: una lectura de tarot con tirada astrológica, hecha personalmente por nuestra bruja para ti, o recibir en tu mail el ebook “El horóscopo del amor”, para que descubras tu compatibilidad amorosa con todos los signos.Y si ya eres suscriptora, sólo tienes que invitar a una amiga a seguirnos y recibireis las dos el mismo regalo. ¡Generosas que somos! 😉

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Así de preciosa me ha salido la criatura, que será orgullo de madre pero da gusto verla. Bienvenida, Atelier Astro!

La moda del DIY

Lo confieso (qué perra me ha cogido con creer que la pantalla del ordenador es un confesionario…): estoy enganchada a los programas de bricolaje. Y no sólo eso, es que mi sueño es tener una casa con garaje no para guardar el coche, que sería lo normal, sino para tener una gran mesa de trabajo como la que tenía el manitas con barba, el de Bricomanía. ¡Y todas sus herramientas! ¡Pero si era capaz de hacer la Torre Eiffel a nada que tuvieras dos toneladas de acero y un par de cajas de tornillos en algún rincón! Anda que no me he pasado horas embobada delante de la tele viendo cómo serraba, lijaba, pulía y pintaba sin despeinarse. Y yo, confiada, pensando en que el día que tuviera espacio para una mesa como ésa y todas las herramientas con superpoderes que se gastaba, a mí no me iba a parar nadie.

Nunca he llegado a tener la dichosa mesa (que tampoco es cuestión de pedírsela a los Reyes Magos, porque a ver dónde la meten, los pobres), así que siempre me ha quedado ese gusanillo por crear con las manos. Y como no me puedo hacer una práctica mesa isabelina para veinte, con sus dos docenas de sillas convientemente tapizadas, he tenido que prescindir del mundo bricolajero muy a mi pesar… hasta que ha llegado la moda del DIY, que no es una nueva fragancia con la que atraer a especímenes del sexo opuesto, sino las siglas de la frase “Do it yourself” o, lo que es lo mismo, las manualidades de toda la vida. Una evolución hacia el buen gusto de esos pisapapeles de barro y botellas pintadas con vaya-usté-a-saber-qué-era-eso que hacíamos en el cole cuando éramos enanas y que presidían el salón durante meses. Porque no íbamos al psicólogo ni nuestros padres leían libros de autoayuda para fomentar nuestra autoestima, pero algo les decía que si lo tiraban a la basura, como tan fervientemente deseaban, no nos lo íbamos a tomar muy bien…

El caso es que estoy enamorada del DIY. Del glamuroso, claro, porque no pienso volver a fabricar un cenicero de barro en mi vida. Y me enamoran las ideas sencillas y realmente espectaculares, llenas de encanto, para las que no hace falta gastarse el sueldo en la ferretería ni obtener previamente una ingeniería. Por ejemplo, me encanta este maravilloso posavasos, fruto de algo tan sencillo como enmarcar un trozo de tela en un marco de fotos convencional. Como tiene el cristal protegiendo la tela como haría con la foto, puedes servir el mug del café en ella sin tener las pastillas de la hipertensión a mano por si se vuelca.

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O los cubiertos en la mesa, que dan mucho juego. Eso de poner el tenedor a la derecha y el cuchillo a la izquierda y mirar el resultado como Velázquez cuando terminó sus Meninas no vale para las ocasiones especiales. Y tampoco es que haga falta mucho tiempo ni maña para ser original y dar un punto chic a la mesa. Por ejemplo, basta con atar los cubiertos a la servilleta con una cinta o con una cuerda trenzada y ponerlo sobre cada plato para que tus invitados se sorprendan. Aunque si les preparas este estuche de cubiertos de tela o cartón pueden pensar que se han confundido de casa o que te han dado las fiebres del dengue.

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No es que yo sea muy amante del hilo y la aguja. En realidad, creo que sólo nos han presentado… De patrones ya ni hablamos, así que me enamoran ideas tan fáciles como este llavero de tela con forma de corazón, que sirve tanto para guardar las llaves como de decorativo colgante en la puerta de un armario.

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Si como yo eres una enamorada de los pequeños detalles, si tu pareja o tus amigas te hacen cruzar la calle cuando vais a pasar delante de una tienda de decoración, asustadas de perderse la cena si entras “un momentito a ver una cosa”, aprovecha tus momentos de relax y disfruta de la sección Inspiraciones de Atelier Deco. Hay placeres que a veces una tiene que hacer a escondidas…

 

 

 

 

 

Planificando un tuppersex

No sé si es porque nunca me ha amedrentado entrar en un sex shop, o porque cada semana elijo un juguete erótico para Atelier Pareja. El caso es que, sin comerlo ni beberlo, no son pocas las veces que parezco Elena Ochoa antes de convertirse en la señora Foster (de nuevo la edad… ¡a ver quién demonios se acuerda ahora de “Hablemos de sexo”!). El caso es que yo me pongo a hablar de vibradores y lubricantes tan digna como ella, tiesa como un palo y pareciendo que hablo de elegir las telas de las cortinas para el salón. En parte, porque reivindico que tan normal es una cosa como la otra, y en parte porque a ver quién es la guapa que le dice a la concurrencia que no, que no he probado todo cuanto conozco y, sobre todo, que no tengo por qué contarlo. Que una cosa es tener aprobada la teórica y otra subir a prácticas…

La cuestión es que hace unos meses, en el transcurso de una agradable y etílica barbacoa, surgió de nuevo el tema. Que si las bolas chinas que parecen un rosario sin medida, que si los vibradores que ese tamaño no es normal, que si los lubricantes con sabores para el postre… Y surgió de repente, así, sin avisar ni nada, la preguntita de marras. ¿Quién organiza un tuppersex? Y todas las miradas se posaron en mí, cual  Moisés guiando hacia la tierra prometida. ¿Pero por qué no puedo mirar a la de atrás como si todo fuera con ella? Pues no, ahí me veis, toda catedrática del juego sexual, hablando de bolas y colores como quien está decorando el árbol de navidad. Y en menos de tres minutos, la frase que no quieres pronunciar que sale de tu boca: “Ya lo hago yo”.

Así que aquí me tenéis, buscando empresas de juguetes sexuales para que se vengan a hacer una práctica demostración, que como a Google le dé por mirar quién busca entretenimiento bajeril, se me va a quedar la cara como la selección, rojita, rojita… Porque ésa es otra… una tiene reparos, pudores y demás herencias de la educación recibida en los sesenta y setenta, como cualquier hija de vecina. Lo que pasa es que me resisto a quedar anclada ahí y me dedico a la formación continuada, que ya se sabe que es lo mejor para el curriculum. Al menos, para el de madre, que no querais saber cómo me quieren mis hijos por sufragar sus preservativos, evitando así menguar su ya exigua paga.

Una vez elegida la empresa, llega la otra gran pregunta: ¿dónde nos reunimos? Porque mis hijos están encantados con que yo comprenda su vida sexual, pero no creo yo que tengan tan claro que quieran saber de la mía, y menos entrar en el salón de casa y encontrarse a diez madres con sonrisa picarona de adolescente tocando abalorios que no se llevan en el cuello, sino algo más abajo… ¿Solución? La oficina, que para algo es mi pequeño reducto de paz e independencia. Unos canapés, unas botellas de cava, buenas amigas y una fantástica asesora sexual que nos contará cómo divertirnos y disfrutar más con el sexo. Un tuppersex en toda regla. Y deseando estoy que llegue y contaros cómo ha ido. ¡Prometido!

Cenas rápidas

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Lo reconozco: no sé cocinar. Sí tengo experiencia en la socorrida cocina de supervivencia, como no podía ser de otro modo dado que mis dos polluelos piden alimento cada tres horas, aunque midan metro ochenta. Pero no soy de las que abren el frigorífico y con cuatro sobras te montan un estupendo menú gracias a sus dotes culinarias. ¡Y no será porque mi madre no lo haya intentado! (Si no lo pongo, y lo lee, me acusará de haber rebajado su popularidad, aunque ahora que lo pienso, si lee esto me amenazará con un cursillo intensivo!)

Sin embargo, me encanta recibir gente en casa, poner la mesa con mi mejor mantel, el jarrón con las flores frescas, la bebida en su cubo con hielo… ¡me pierdo con los detalles! No en vano una es Libra y parece que los astros me han dotado con una especial habilidad para pasarme dos horas decidiendo si pongo la mesa en blanco y plata o le doy color con unas flores en plan Shabby Chic…  Y claro, la cena sin hacer. Por eso me encantan las recetas rápidas, fáciles y sin complicaciones, y mejor aún si pueden dejarse preparadas con tiempo, porque como buena anfitriona, recibo a mis invitados con una copa de vino y algo de conversación. Bueno, la verdad es que a la copa de vino me apunto aunque no haya invitados… ¡Qué placer abrirte una botella de buen vino para ti sola!

A lo que vamos, que ya digo que me pierdo por los cerros de Úbeda a la menor ocasión. Hay un sinfín de recetas que te sacan de un apuro en poco tiempo ¡y sin necesidad de saber cocinar! Por ejemplo, las salsas para dipear. Preparas varias salsas, las pones en cuencos preciosos (si no, parece que no están tan buenas) y las sirven con unos nachos. ¡Más fácil imposible!  Si quieres las recetas, las tienes aquí.

Y luego están los canapés. ¡Me encanta servir bandejas llenas como aperitivo! Lo malo es cuando usas tostaditas crujientes a las siete de la tarde y a las nueve, cuando las ofreces con la mejor de tus sonrisas, están tan blandas que no sabes si ponerte a repartir cucharas (con mango de nácar, eso sí). Reduces el problema si usas tostadas tipo Melba, que no absorben tanto la humedad de los alimentos, y esperas a preparar los canapés treinta minutos antes de servirlos. A mí me gustan especialmente estos snacks con queso de cabra, al estilo provenzal.

Las brochetas también son una estupenda opción, aunque te recomiendo que sean frías. Si quieres servirlas calientes, nadie verá el top que has elegido para la ocasión, sino un fantástico delantal lleno de manchas de aceite, y en lugar de disfrutar de tu charla se limitarán a verte entrar y salir todo el rato de la cocina. Lo dicho: brochetas frías, que sí puedes tener preparadas horas antes. Como unos rollitos de salmón ahumado y queso. O un exquisito cóctel de gambas servido en copas de Martini, bien fresquito. Sin salsas ni nada de grasa, que estamos en plena operación biquini (y de ésta no vienen a rescatarnos desde Bruselas).