Vaya por delante que creo en el destino y esas cosas… o al menos en las cosas del destino. El pasado viernes 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, salí a cenar con un grupo de mujeres a un restaurante mexicano. Ya sé que nachos con margaritas no es el mejor homenaje que podíamos hacer a esas abnegadas mujeres que murieron quemadas en una fábrica para pedir el derecho al voto hace cien años, pero el calendario social no suele tener estos pequeños detalles en cuenta…

El caso es que a las tres de la madrugada, convencida de que ya no tengo edad para según qué cosas, cogí un taxi para volver a casa. Era un trayecto corto, pero mis rodillas insistían una y otra vez en delatar mi edad biológica, así que opté por que me dejaran en la misma puerta de mi casa. Conducía una mujer, más o menos de mi edad (aunque seguro que sus rodillas no se quejaban tanto por el bailoteo previo) y enseguida hablamos. Del tiempo (llovizna fina en fin de semana, con las ganas  que tenemos todas de sol), la crisis (que si miras las calles un viernes o un sábado no la acabas de entender, con las masas asaltando bares y restaurantes), y naturalmente el Día de la Mujer Trabajadora. Confesé que mi particular homenaje a las sufraguistas no era el más adecuado para esa efemérides y hablamos de lo duro que resulta esta época que nos ha tocado vivir.

Hasta aquí, lo reconozco, conversación de ascensor. Nada por lo que poner micrófonos en las flores y denunciarse en los juzgados. Cuando pagué, la mujer se giró y me dió una pulsera de lana, trenzada a mano. “Es la pulsera de la mujer trabajadora que hoy regalamos, para que nos dé suerte en el trabajo y nos dé salud“, me dijo. Lila, blanco, rojo, verde lima y un hilillo dorado. Esos son los colores de la pulsera que enseguida me puse en la muñeca (los colores los vi al día siguiente, claro, que una no es Superman –ni Superwoman, por más que se empeñen– y no tiene visión nocturna).

Eso fue un viernes. Y tras cuatro años muy duros de trabajo, mil quinientos días de presentar proyectos y verlos paralizados por falta de presupuesto, tras todo ese desierto, la semana siguiente de repente se empezó a desbloquear. Un cliente me aseguraba trabajo para todo el año, otro me pedía presupuesto, un tercero se enamoró de uno de los libros de Atelier Mujer (ya os dije la última vez que eran una monada…). El caso es que los brotes verdes aparecieron, esta vez sí, justo después de llevar la pulserita de la taxista… Ante mi entusiasmo por los poderes mágicos de la lana de colores, familia y allegados se apresuraron a decirme que tal vez fuera mi trabajo lo que hacía salir esos encargos largamente anhelados, que la magia estaba para salir de madrugada en la tele con un señor de melena larga y negra que no acierta ni una. Pero yo creo que aquella mujer, en la intimidad que dan dos metros cuatrados de taxi de madrugada, era una hada buena que quiso que terminara una mala época.

Ya sé que no es racional, ni siquiera probable, pero no me negareis que creer en hadas buenas que reparten pulseras de la suerte el día de la mujer trabajadora no es mucho más bonito que atender a los telediarios y a sus explicaciones farragosas de jardinería económica para explicar los famosos brotes verdes… Yo, por lo pronto, miro con infinito cariño esta cuerda trenzada multicolor en mi muñeca y pienso que, por fin, la primavera sí ha llegado. ¡Feliz cambio de estación a todas!

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